¡Esto es un asalto!: Los efectos psicológicos de la delincuencia

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La violencia, como la pobreza, el hambre y la desigualdad a las que está ligada de diversas formas, es parte de la vida cotidiana del país. Magnificada por los medios, reproducida en las conversaciones y simplificada en discusiones políticas, afecta especialmente a los ciudadanos de a pie que viven en ciertos sectores de la capital y otros municipios peligrosos. Este es un ensayo basado en una tesis de graduación de la Escuela de Psicología de la Usac, en que se analizan los efectos de la rutina de la violencia delincuencial.

Sin embargo, el impacto que ha causado la continua repetición de hechos de violencia y la impunidad con la que se realizan, llega a deteriorar el tejido social y dificultar la construcción de un proyecto viable de convivencia entre nosotros, los guatemaltecos y guatemaltecas.

Si bien se han generado algunos estudios que permiten comprender aspectos importantes de la violencia delincuencial, existen fenómenos y efectos que todavía no han sido lo suficientemente estudiados. Por ejemplo, el impacto que ejerce a nivel psicológico es un tema que permanece en las conversaciones de víctimas y espectadores, pero que se ve poco discutido de manera seria.

Es importante hacer notar que, contrario a lo que se podría creer, las víctimas refieren que la principal dimensión afectada por sufrir un hecho de violencia no es la dimensión material, sino la psicológica. En una encuesta de victimización realizada por la Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado de Guatemala (ODHAG), se encontró que casi el 80 por ciento de las personas afirma haber sufrido daños emocionales al ser víctimas de un hecho violento.

Esto ya evidencia la necesidad de comprender y responder: ¿Qué impacto se sufre al ser víctima de un hecho de violencia?[1]

Los efectos

La situación es, lamentablemente, bastante común: “Yo iba para mi trabajo, como a las 6:15 de la mañana, del lado derecho venía una pareja…Sentí como un escalofrío y me pase al lado izquierdo e igual, la pareja se volteó al lado izquierdo. Viene la mujer y me dice: ¡parate hija de la gran…! Entonces yo me detuve frente a un portón y me empezó a registrar, me abrieron la bolsa y la mujer me dio una bofetada. Me sacaron mis cosas, me dijeron “váyase de regreso” pero me pusieron una pistola en la sien…Yo decía “¡Ay no! No me hagan nada porque yo tengo mis hijos”…me regresé sobre otra avenida hasta bajar a la 18 calle y empecé a llorar, iba bien temblorosa…”. Lo que cuenta esta mujer lo podría contar una cantidad importante de personas. Probablemente, como lo mostró el estudio de el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) de 2007, una tercera parte de los hogares guatemaltecos de la ciudad capital tienen a un miembro que podría narrar una historia parecida.

Por lo que se conoce, todos los días se producen casos en que parejas o grupos de hombres jóvenes -y  con cierta frecuencia mujeres-, a pie, en carro o motocicleta, usando armas cortas, asaltan peatones, buses o vehículos en calles de la capital y en otros lugares.[2] Actuando de improviso y contando con la reacción retardada o ineficaz de las fuerzas de seguridad pública, usualmente amenazan, gritan, exigen y arrebatan las pertenencias de sus víctimas. Luego de un momento que se tiende a describir como eterno para el que lo vive, se van y dejan a las personas asustadas, indignadas, con la sensación de impotencia y estupefactas ante la intrusión violenta en su cotidianidad y el riesgo aparejado.

Los efectos que dejan estos hechos son varios. Inmediatamente se registran reacciones asociadas a la vivencia de eventos fuertemente estresores. Pero con una variación importante: la situación es tal que las respuestas de huida o agresión se inhiben, no resultan factibles. Reacciones que se pueden encontrar son el aumento en la frecuencia cardiaca, temblor, frío y sudoración asociadas a la vivencia de peligro. “Cada cosa que hacían daba más miedo, estábamos muy nerviosos. Yo sí empecé a sudar de las manos, me puse muy helado, me dio mucha resequedad en la boca, luego empecé a temblar”. Emocionalmente, es común que las personas experimenten miedo y nerviosismo durante e inmediatamente después del asalto.  

Sin embargo, hay algunos efectos emocionales que permanecen días, semanas y meses posteriores al ataque sufrido. La reacción al hecho puede estar mediada por una serie de factores propios del evento y de factores personales. En el primer caso se encuentran la amenaza real e imaginaria, la duración del hecho, la frecuencia de hechos vividos. En el segundo se encuentran la edad, el género, el sentido atribuido al hecho, características personales, etcétera. Incluso existen factores familiares y sociales que influyen en el impacto personal sufrido.

Lo que es cierto es que el miedo que se siente en el momento del hecho, se puede transformar en angustia a salir a la calle, a subir al bus, al ver un desconocido, a un carro que viene rápido -y no se está hablando de eventos más fuertes como heridas, violaciones o pérdida de seres queridos-. Es decir, a situaciones y objetos asociados al hecho: “…en este momento tengo temor de subirme a un bus, no me puedo transportar porque quizá, lo que siento no es que me vayan a asaltar sino que tengo temor de que algo me pase, no sé, un accidente. Yo creo que aquí tal vez está la consecuencia de que lo que sucedió esa vez…porque yo antes de eso salía con frecuencia…y yo no tenía problema como ahora”.

La amenaza generalizada supone ya la adopción de una actitud defensiva y de desconfianza ante el otro desconocido, sin embargo, las personas que son víctimas de asaltos ven acentuada esta actitud. “Uno ve que alguien se parquea del lado de uno y uno lo ve con cara de sospechoso. De repente la gente no tiene la culpa…pero uno está con el temor todo el tiempo”. Aunque es un efecto psicológico, también es un problema político. Porque la desconfianza y el temor ante los otros -expresado también en aspectos urbanísticos como colonias cerradas y casas fortificadas- inhibe la participación política ­-organización comunitaria y vecinal-, así como alienta actitudes autoritarias ante lo que se percibe como ineficacia y connivencia de las autoridades. Precisamente, también se desconfía de las autoridades porque no hacen nada o se sospecha están coludidas con los asaltantes: “…cuando pasa algún cuento así, la policía empieza a dar vueltas, a loquear, a parar, que ponen puestos de registro y todo, pero de ahí al otro día igual”.

De fondo, tanto para las víctimas como para los espectadores -una cantidad apreciable de la población-, se genera una transformación de la experiencia íntima. El espacio social se vive como amenazante o inseguro, el otro se valora como potencial enemigo y hay una sensación de fragilidad y amenaza personal. Visto desde cualquier perspectiva, es una situación que atenta contra la salud mental y las formas de relación  con los demás.

Estrategias de afrontamiento

La vida de una persona que ha sido afectada por la violencia se ve alterada de una u otra forma. Pese a que los actos violentos se vuelven parte de la cotidianidad y que la violencia se ha “normalizado”, cuando es  sufrida por uno o un familiar genera efectos importantes.

Ante ello, se adoptan una serie de medidas que buscan evitar o minimizar el riesgo de sufrir otro hecho -aunque dada la situación, esto no es sino una tentativa, a veces fallida-.  ¿Qué es lo que están haciendo las personas frente a estos hechos de violencia?

Debe señalarse que el primer dato significativo es que las alternativas de afrontamiento son limitadas frente a la amplia gama de efectos producidos. Es frecuente que se observen ciertos patrones de evitación. Las personas intentan evitar lugares, horarios, rutas o medios de transporte. Claro, esto no siempre resulta posible y al generalizarse puede convertirse en un problema serio para las personas. Es una medida que permite afrontar los efectos en el corto plazo, pero limita la funcionalidad de la persona. Cuando es factible y el hecho fue muy amenazante, hay casos de cambios importantes en la rutina como evitar tomar buses y caminar lo más posible.

En segundo lugar, se intenta tener un “perfil bajo” para los asaltantes. Además de permanecer alerta ante cualquier signo de peligro que se perciba en el contexto, se intenta evitar hablar por teléfono celular en las calles o en el transporte, se busca no tener objetos visibles que puedan incitar a los asaltantes: “Después de eso…ya no quería usar mi ropa más cara…sino que lo más sencillo que encontrara”.

Finalmente, las personas se encomiendan a quien pueden. De hecho, la religiosidad es una forma común de afrontar la vida cotidiana amenazada por la violencia: “lo que he hecho en la mañana es que voy caminando y voy cantando alabanzas y digo yo, la sangre de Cristo tiene poder y me voy orando. Bendito sea Dios y eso como que lo apacigua más a uno, ¿verdad?”.

Es evidente que existen más formas de afrontamiento, pero en este caso no se pudieron observar, lo cual también resulta significativo. Por ejemplo, el recurso lógico de acudir y confiar a las autoridades no aparece, así como tampoco se evidencia la organización vecinal y comunitaria -que sí existe en el interior del país, aunque con derivas autoritarias-. La contradicción es evidente: las principales estrategias de sobrevivencia son de naturaleza individual, en tanto que el problema es principalmente de orden social e institucional.

Alternativas

Falta analizar mucho todavía: diversas conexiones entre fenómenos, efectos diferenciados entre diversos hechos de violencia, los efectos que el clima generalizado de violencia tienen en lo individual y lo colectivo.

Pero es posible adelantar que la principal solución para los problemas emocionales y relacionales producidos por los actos violentos no es una atención especializada para la víctima. Como resulta lógico, la salud mental de la población guatemalteca que ha sufrido de estos actos se atiende y mejora cambiando las condiciones estructurales y situacionales que son el marco desde el que se produce la violencia -y otros problemas-. Eliminando las causas y la misma violencia en tanto que presencia permanente en la vida de los guatemaltecos -único tejido que nos atraviesa, como señala Carlos Orantes-.

Es importante dar atención a quienes ya han sufrido y sufren del impacto de la violencia: a nivel legal, material y psicológico. Por ello la propuesta contenida en el punto 55 del Acuerdo Nacional para el Avance de la Seguridad y Justicia sobre la creación de un Instituto para la Atención y Protección de la Víctima es necesaria y pertinente, aunque también es parcial e insuficiente. Necesaria y pertinente porque miles de víctimas que han sufrido diversos hechos de violencia necesitan ayuda para superar diversos síntomas y problemas que dificultan la vida cotidiana y las relaciones con los demás.

Pero parcial e insuficiente porque no elimina las causas del problema: la violencia delincuencial que es generada por un marco de condiciones estructurales, situacionales y personales. Por ello es que resulta tan difícil su combate. Aun cuando se simplifiquen las causas en la discusión pública. Al contrario, se relacionan y confluyen para crear la difícil situación en la que nos encontramos.

No es cómodo ser pesimista. Pero las cifras de violencia no se pueden bajar de la noche a la mañana. Las condiciones que la generan son múltiples y profundas. El tema es un reto primordial y difícil para este gobierno y otros que vengan.


[1]Este artículo se basa en los resultados del trabajo de tesis titulado “Efectos psicosociales en víctimas de violencia delincuencial. Estudio a realizarse con víctimas de violencia a mano armada en la ciudad de Guatemala”, de Natalia Rojas y Arturo Otero, supervisado por Mariano González.Se realizó como parte de un estudio coordinado por la ODHAG y el curso de Investigación V de la Escuela de Psicología, USAC, en 2011. En sentido estricto, los resultados no son generalizables, pero contribuyen a la creación de “espacios de intelegibilidad” (Fernando González Rey). Es decir, la vivencia permite iluminar y comprender un espacio más amplio de la realidad. La vivencia aporta a la comprensión de la estructura, la refleja.

[2]Las estadísticas de la PNC o el MP están muy lejos de ser confiables. Las encuestas de victimización (como las de 2004-2006 de PNUD y de 2009 y 2011 de ODHAG) muestran una tendencia consistente al señalar que la mayoría de hechos de violencia no se registran en ninguna institución oficial.

Fuente de información:

https://www.plazapublica.com.gt/content/esto-es-un-asalto-los-efectos-psicologicos-de-la-delincuencia

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